22 febrero 2008

...el joven rico...

Esta es una historia que quizás conoces, pero contada de una forma muy especial. Totalmente recomendada.
Un abrazo grande.


Había una vez un joven muy rico, único heredero de un hombre rico y poderoso. Había sido educado desde la cuna para estar orgulloso de la herencia de su familia, la cual veía en la abundancia de sus bienes y en su buen nombre, el justo premio por una larga tradición familiar de recta conducta y fidelidad a Dios. El joven tenía un enorme respeto a la fe heredada de sus padres y reservaba el primer lugar entre sus hábitos de vida, al cumplimiento riguroso de las prácticas de piedad y atendía con generosidad las necesidades de los pobres, huérfanos y viudas.
Después de las largas jornadas de trabajo al cuidado de los bienes de su padre, al caer la tarde, se sentaba a tomar el fresco en los jardines de su casa solía hacer el recuento de sus bienes: era joven, fuerte, hermoso, saludable, rico, exitoso, gozaba de gran prestigio en su mundo de relaciones sociales, muchos hombres lo consideraban el mejor marido posible para sus hijas, tenía un gran futuro y sentía que Dios lo miraba con benevolencia. En fin, tenía todo lo que un hombre podía desear.
Sin embargo, al caer la luz del día, inevitablemente sentía que las sombras envolvían su alma y tenía que reconocer que se sentía incompleto, que no lograba imaginarse viviendo así para siempre, que esperaba algo más de la vida, que dudaba de sí mismo, de las costumbres de su casa y de su modo de creer y de relacionarse con Dios. Aunque le doliera, tenía que reconocer que allí donde la gente lo veía seguro, protegido, estable, contento y realizado, muchas veces se sentía desmotivado, desconfiado, insatisfecho y conflictuado.
Aquel día se sentía particularmente deprimido: ¿acaso la vida no podía ofrecerle algo más que la posibilidad de tenerlo todo y ser bueno?
Había escuchado que solía venir de la Galilea, un rabí que a muchos les parecía muy interesante. Algunos de sus amigos habían estado con él y decían que no hablaba como un típico maestro de la ley, decían que en su boca la alianza de Moisés parecía una nueva alianza. Esa misma mañana le había comentado que el rabí había venido nuevamente a Judea y se encontraba en la cuidad, tal vez fuera una buena idea salir a buscarlo… Una ansiedad febril se apoderó de él, llamó a su criado y le pidió su manto. Saldremos a caminar, le advirtió y se abalanzó al portal.
Unas pocas calles más allá, lo descubre a la distancia. Está en medio de un grupo de gente de los más diversos orígenes: hay pobres, mendigos y enfermos, está el grupo de galileos que siempre lo acompaña, también hay un grupo de destacados fariseos, con los cuales parece haber estado discutiendo. Él está en medio de todos ellos, acariciando a unos niños…
En este instante lo ve caminar hacia él. Es el momento de hablarle, ahora o nunca:
-Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?
No era eso exactamente lo que quería preguntar, pero en fin, ya estaba hecho. Le habría gustado poder decirle, lo que sucede es que no soy feliz y me siento culpable por ello. No quiero ser desagradecido con Yavé, tengo todo lo que puedo desear y más, pero me hace muy infeliz lo que me falta, pero no acierto a comprender qué es.
-Si quieres entrar en la vida eterna cumple los mandamientos.
Claro, qué otra cosa iba a responder a tan tonta pregunta, piensa el joven. Se avergüenza de su pregunta pensando que el maestro habrá pensado que es un idiota. A pesar de ello, una urgencia le recorre el alma. No debo dejar que se vaya, tengo que saber, piensa para sí, y pregunta:
-¿Cuáles mandamientos?
Cada vez se siente peor, ahora si que ha quedado como un imbécil, piensa, al oír que Jesús, con paciencia, le responde como a un completo ignorante de la ley de Moisés:
-No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio, honrar padre y madre, y amar al prójimo como a sí mismo…
Entonces siente que es el momento de jugarse el todo por el todo.
-Maestro, he guardado todos esos mandamientos, ¿qué más me falta?
Ahora si sintió que el tono de su voz había logrado expresar la urgencia de su pregunta. Se sintió mirado por Jesús con una honda comprensión. Percibió que Jesús comprendió la tragedia de su vida, que sintió la profunda frustración que a veces lo asaltaba, el vacío en que, en ocasiones, se convertía su vida, todo lo cual había llegado a ser un peso cada vez más difícil de soportar. Sintió que Jesús había escuchado el grito de su alma: ¡tiene que haber otro modo de vivir!
“Si quieres llegar a la perfección, anda a vender todo lo que posees y dáselo a los pobres, y luego vuelve y sígueme”, le dijo Jesús.
Al oír esta propuesta se sintió profundamente conmovido, sintió que la tierra se abría bajo sus pies, que le faltaba el aire para respirar y rápidamente se encaminó de vuelta a su hogar. Necesitaba sentirse protegido, seguro y apoyado, porque sentía que le habían sido retiradas, de una sola vez, todas las seguridades en las que había crecido confiado. Necesitaba serenarse, pensar, ordenarse y orar…
Allá en medio de la calle, Jesús decía a sus discípulos: “créanme, en más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de lo Cielos”. Al oírlo los discípulos, asombrados, se preguntaron: “entonces, ¿quién puede salvarse?” Ante esto, Jesús los miró y les dijo: “para los hombre es imposible, pero para Dios todo es posible”.
En su habitación, el joven rico continuaba profundamente agitado por el encuentro que acababa de vivir. Sentía como si hubiera estado ciego y recién comenzara a ver, como si le hubieran comunicado sorpresivamente las respuestas, largamente esperadas, de un misterio crucial. Jesús le había hecho una propuesta que lo enfrentaba de lleno con una pregunta, cuya respuesta él había postergado largamente. Jesús le había dicho: ¿estás tú dispuesto a renunciar a todo lo que tienes para vivir sólo de confiar en Dios? Había llegado el momento de dar una respuesta definitiva.
Hacía ya mucho tiempo que se preguntaba cuáles circunstancias deberían cambiar para que pudiera encontrar la felicidad. No se resignaba a que la vida consistiera simplemente en hacer lo mismo todos los días y todas las épocas, esperaba que por fin apareciera una mujer distinta de la que se pudiera enamorar y formar una familia diferente. En ocasiones se convencía de que esos tiempos de cambio estaban por llegar, que era cosa de tener un poco de paciencia. Otras veces se desanimaba y entraba en tiempos de desesperanza, hasta que volvía a recuperar la confianza en que por fin un día las cosas cambiarían.
Lo que nunca hizo hasta hoy fue pensar en que lo que tenía que cambiar no eran las circunstancias, sino él mismo. Eso fue lo que Jesús le dijo, al preguntarle ¿eres capaz de vivir de otra manera, de hacer una radical revuelta de tu modo de vivir? Hasta ahora había vivido lleno de seguridades, con todo solucionado de antemano, sin sobresaltos. ¿Sería capaz de pasar a vivir en la inseguridad, teniendo que hacerse cargo por sí mismo de la resolución de todos sus problemas, experimentando sobresaltos con frecuencia y con muchas dudas sobre qué hacer y quién ser?, ¿podría él ser capaz de renunciar a todo, de repensarlo todo, casi como si naciera de nuevo? Si era honesto, tenía que reconocer que no era capaz, que más fácil sería que pasara un camello por el ojo de una aguja…
El joven rico se daba cuenta que lo que Jesús le había propuesto era un cambio de lógica, una mirada diferente sobre sí mismo, sobre la vida y, sobre todo, una mirada
diferente sobre la relación con Dios. La metáfora sobre camellos que pasan por el ojo de una aguja no tiene el sentido de condenar, sino el de subrayar un desafío mayor. Para todos los seres humanos la estabilidad es una necesidad que se busca satisfacer desesperadamente cuando se carece de ella, y a la que se aferran intensamente cuando se la posee.
No sabemos como terminó esta historia. Muchos creen que esta historia termina mal, suponiendo que el joven rico no fue capaz de seguir a Jesús. Sin embargo, la verdad es que Jesús dejó esta historia con un final abierto, quiere decir que no se sabe cómo termina. Y no es casualidad que Jesús la haya dejado así, porque Él siempre tenía un fin pedagógico en las historias que contaba. Él quiere que cada uno de nosotros se identifique con el joven rico y asumamos nuestra propia respuesta.
Transcrito desde "En un mar tempestuoso",
Ana María Díaz e Ingrid Marx
ISPAJ

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1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me parece interesante el antepenúltimo párrafo el cual da cuenta que las riquezas pueden llegar a dominar a la fragilidad humana, aún tratándose de una persona piadosa. Creo que Jesús quiere paz en nosotros, y advierte que las riquezas pueden llenar a la persona de una excesiva autosuficiencia basada en lo material. Y es de este modo como se puede crear una disposición contraria en el alma. De allí la tristeza del joven rico al reconocer que, genuinamente, es más fácil que pase ese camello por el ojo de la aguja. Hay un salmo que dice: "Si abundaren la riquezas, no pongáis en ellas el corazón".

En la contingencia, las sensaciones de vacío o infelicidad, nos hacen consolarnos con el verbo “tener”, pero este es solo temporal. Lo mismo sucede con las “supuestas” tribus urbanas de hoy, que inconscientemente tal vez, expresan su identidad a través de un consumismo muy bien aprovechado y propagado por el mercado. Debe ser muy difícil tratar de llegar a esa perfección, aceptar esa llamada de amor, repensar y abandonar los paradigmas comunes, obviar los patrones socioculturales, y renunciar a todo. De allí también que este evangelio sea un relato especial, porque apela a la palabra “vocación”: abandonar un sistema de vida basado en el tener; y cambiarlo por la PRAXIS del “Ven y Sígueme” (¿te acuerdas de la canción?). No debe ser fácil ser apóstol...

Gracias por recordar esta enseñanza.
Un abrazo.

5:15 p. m.  

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